68.
El sol de la mañana se filtraba por las cortinas, pero para Bella la claridad era casi dolorosa. Al intentar abrir los párpados, sintió una pesadez terrible; tenía los ojos hinchadísimos, enrojecidos y tirantes por la sal de tantas lágrimas derramadas durante la noche.
Anna entró en la habitación con una bandeja, pero al ver el rostro de Bella, casi deja caer la jarra de agua.
— ¡Por el amor de los dioses, señorita! — exclamó Anna, acercándose con preocupación — Tiene los ojos como dos tomates.