70.
El silencio que siguió a la partida de Sebastian fue más ruidoso que cualquier grito.
Lysandra permaneció de pie en el centro del vestíbulo, con la mano todavía extendida hacia el vacío y el rostro encendido por una mezcla de furia y vergüenza.
A pocos metros, dos doncellas que pulían los bronces se detuvieron, intercambiando una mirada rápida y ocultando una risilla tras sus delantales.
El murmullo de los criados, que siempre parecía una música de fondo en el palacio, de repente se sintió como