Los guardias me arrastraron desde la plaza con la brutal indiferencia que se reserva para el ganado. Me empujaron a través de caminos que yo misma había ordenado pavimentar y me llevaron a la parte trasera del asentamiento, a un área que, como Luna, rara vez visitaba: el dominio de lo invisible, de lo servil. Me arrojaron a un cobertizo de madera destartalado, situado detrás de las cocinas del clan, y el hedor me golpeó como una pared física. No era solo el olor a basura y grasa rancia; era un