El tiempo se estiró hasta convertirse en una tortura. Arrodillada en el centro de la plaza, sentí el peso de cientos de miradas sobre mí. Eran los ojos de la gente que me había visto crecer, que había celebrado mi unión con Rheon y que, finalmente, me había dado la espalda. Su desprecio era un viento helado que me calaba hasta los huesos, pero lo usé. Dejé que me encogiera, que me hiciera parecer más pequeña, más rota.
Finalmente, la puerta de la gran casa del Alfa se abrió con un ominoso cruji