La sonrisa de Syrah era una herida en la oscuridad del cobertizo. Se acercó, moviéndose con esa gracia líquida y silenciosa que siempre había envidiado, una pantera que juega con un ratón herido. El aire, ya viciado por la paja húmeda y la desesperación, se cargó con su perfume, una mezcla embriagadora de lirios nocturnos y algo más, algo afilado y metálico, como el veneno en la punta de una daga.
—Así que, aquí es donde terminan los sueños de grandeza —dijo, su voz era un susurro burlón que se