El mundo se había reducido a tres cosas: el blanco cegador de la nieve, el rojo vibrante de mi propia sangre y el dolor abrumador que me partía en dos. La contracción me abandonó tan bruscamente como había llegado, dejándome jadeando en la nieve, con el cuerpo temblando y la mente hecha un caos de terror.
La presa, el símbolo de mi victoria, yacía a solo unos metros, su cuerpo aún desprendía un leve calor que se perdía en el aire helado. Era la vida para mis hijos, la única oportunidad que tení