El alba llegó como una promesa gris y helada. No había dormido. Cada ola de presión en mi vientre había sido un metrónomo macabro, marcando el tiempo que me quedaba. La decisión, tomada en la penumbra de la noche anterior, se sentía ahora sólida y pesada en mi pecho.
Una caza más.
La última como dos.
La primera como manada.
El aire frío me golpeó como un muro al salir de la cueva, y un temblor incontrolable recorrió mi cuerpo. No era solo por el frío. Era miedo. Mi cuerpo se sentía pesado, como