Las lunas pasaron, indiferentes a mi exilio. La primera luna llena después de mi huida me había encontrado sangrando y luchando por mi vida. La segunda me encontró sanando, cada día una pequeña victoria contra la infección y la debilidad. La tercera luna llena, la que ahora colgaba alta y plateada en el cielo nocturno, brillaba sobre una loba transformada.
La herida en mi costado, que una vez fue una promesa de muerte, se había cerrado. En su lugar, una cicatriz de plata pálida se extendía por mi piel, un mapa irregular de mi primera batalla en el mundo salvaje, un recordatorio permanente de que la supervivencia se pagaba con sangre y se ganaba con voluntad. Mi cuerpo, aunque a menudo cansado, ya no era el de una víctima febril. Se había endurecido, adaptándose. Mis manos, antes suaves, ahora estaban callosas por el trabajo de despellejar presas y recolectar leña. Mis músculos, aunque tensos por el peso de mi embarazo, eran fuertes y funcionales.
Mi vientre era ahora una esfera pesada