Las lunas pasaron, indiferentes a mi exilio. La primera luna llena después de mi huida me había encontrado sangrando y luchando por mi vida. La segunda me encontró sanando, cada día una pequeña victoria contra la infección y la debilidad. La tercera luna llena, la que ahora colgaba alta y plateada en el cielo nocturno, brillaba sobre una loba transformada.
La herida en mi costado, que una vez fue una promesa de muerte, se había cerrado. En su lugar, una cicatriz de plata pálida se extendía por