El mundo se contrajo en un instante de silencio y movimiento. El aire frío silbó a mi alrededor mientras mi cuerpo, impulsado por una desesperación pura, se lanzaba a través del claro. Vi las orejas del conejo girar en mi dirección una fracción de segundo demasiado tarde. Vi el pánico en sus ojos oscuros. El tiempo se estiró, cada hoja que caía, cada mota de polvo suspendida en la luz moteada, todo estaba congelado en una claridad perfecta. Y en medio de esa quietud, sentí el fuego. Un dolor blanco y agudo explotó en mi costado en el punto álgifo de mi estiramiento, el sonido inaudible de mi propia carne desgarrándose, protestando contra el violento esfuerzo.
Aterricé. No con la gracia silenciosa de una loba, sino con un impacto brutal, un golpe sordo contra la tierra húmeda que me robó el aliento y envió una oleada de agonía desde mi costado herido hasta la punta de mis dedos. El mundo volvió a su velocidad normal con una sacudida nauseabunda. Pero mi instinto, afilado por el hambre