Jadeando, abrí los ojos. La visión de la nieve y los ojos grises se desvaneció tan rápido como había llegado, dejando un eco helado en mi alma. Mi mirada voló de nuevo a la cresta rocosa.
Estaba vacía.
El lobo se había ido. No se había marchado corriendo; simplemente ya no estaba, como si se hubiera disuelto en el aire del crepúsculo. Me quedé allí, escondida detrás del tronco de un pino, con el corazón latiendo con una fuerza desbocada, no por el esfuerzo, sino por un pánico puro y absoluto.
Mi aislamiento se había roto. La soledad, que había sido mi compañera constante y, a su manera, mi escudo, se había desvanecido. Ya no estaba sola en este bosque.
Y ese conocimiento era infinitamente más aterrador que cualquier soledad.
Me retiré a mi cueva como un animal herido que busca su madriguera. La cascada, mi guardiana, parecía ahora una cortina frágil e insuficiente. La guarida, mi santuario, se había convertido en una jaula de cristal. Me sentía observada desde mil ángulos a la vez, ca