Jadeando, abrí los ojos. La visión de la nieve y los ojos grises se desvaneció tan rápido como había llegado, dejando un eco helado en mi alma. Mi mirada voló de nuevo a la cresta rocosa.
Estaba vacía.
El lobo se había ido. No se había marchado corriendo; simplemente ya no estaba, como si se hubiera disuelto en el aire del crepúsculo. Me quedé allí, escondida detrás del tronco de un pino, con el corazón latiendo con una fuerza desbocada, no por el esfuerzo, sino por un pánico puro y absoluto.
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