Lo primero que percibí fue el aroma a tierra húmeda y a jengibre picante. Lo segundo, el peso de una manta de lana sobre mi cuerpo. Abrí los ojos lentamente, la luz de las velas en la cabaña de Aneira danzaba suavemente en el techo de madera. No estaba en mi cama. Estaba en una camilla en la trastienda de la sanadora, el corazón palpitante de su santuario.
Mi mente se sentía nublada, tardé unos minutos en recuperar el conocimiento del todo y un poco más en ser consciente del porqué estaba ahí.