El claro se quedó en silencio después de eso.
No un silencio incómodo.
Uno preciso.
Como si cada sonido innecesario pudiera alterar algo que aún estaba en equilibrio inestable.
Syrah no retrocedió.
Yo tampoco.
Ashen permanecía a mi lado, pero su presencia no era una barrera entre nosotras. Era un punto de estabilidad. Una línea que no necesitaba cruzarse para sentirse.
El viento apenas movía las hojas. La luz entraba en fragmentos entre los árboles, dibujando sombras irregulares sobre el suelo.