El aroma característico de Syrah no solo flotaba en el aire; parecía estar impregnado en mis propias prendas, como si una docena de saquitos de lavanda hubieran sido abiertos y sacudidos allí dentro. El olor se aferraba a la lana de mis vestidos, a la seda de mis camisolas, una contaminación invisible y absoluta.
Mi sangre se convirtió en hielo. Recorrí la cabaña con la mirada, tenía el corazón martilleando en mi garganta. No había nada fuera de lugar. Ningún objeto movido, ninguna nota, ningun