Después de hacer la maleta, compré el boleto para la salida más temprana y regresé al pueblo. Aún antes de que llegara el autobús, pude ver a lo lejos esa figura esperándome y se me humedecieron los ojos.
La había llamado por teléfono y, tras un largo silencio, solo pude decirle:
—Te extrañé.
Del otro lado de la línea escuché su risa alegre, seguida de un tono lleno de ternura:
—Vuelve, mi niña, te voy a preparar tu carne guisada, esa que tanto te gusta.
En mi vida anterior, cuando Elena se ente