Abrí la mochila y, tal como lo imaginaba, allí estaba la estatua del santo prohibido. Era completamente negra, con un rostro retorcido, algo entre un felino y un zorro, y dos colmillos largos que sobresalían de la boca.
Apenas la tomé entre mis manos, el aire en el camerino se volvió helado.
Y justo cuando levanté el brazo para estrellarla contra el suelo, la estatua habló:
—Paulina, soy tu abuela. Te extraño, mi niña. Ven, acompáñame.
Mis pupilas se dilataron; el terror recorrió mi espalda como