El sol de la mañana entraba en diagonal por los ventanales altos, proyectando un brillo sutil sobre el vestido que Lucía sostenía entre las manos. El dorado iluminaba la sala, atrapando cada rayo de luz como si la tela hubiera sido tejida con fragmentos de una aurora.
Lucía sintió un nudo en la garganta. Ese vestido era… demasiado. No solo por el lujo, sino porque era la prueba perfecta de que en ese mundo, su presencia ya estaba alterando todo.
Respiró hondo, levantó la barbilla y caminó hacia el salón donde la reina la esperaba.
La reina estaba sentada frente a un juego de té delicado, con expresión serena pero ojos siempre calculadores. Al verla entrar, levantó la mirada… y se detuvo.
—Ese… —La reina parpadeó, dejando la taza a medio camino—. Esa no es la tela que te entregué.
Lucía sintió cómo se le aflojaban los hombros. Ya venía el regaño. Ya venía el desastre.
Pero entonces la reina se levantó, dio dos pasos y tocó la tela con la punta de los dedos, casi con devoción.
—Es mejor