El sol de la mañana entraba en diagonal por los ventanales altos, proyectando un brillo sutil sobre el vestido que Lucía sostenía entre las manos. El dorado iluminaba la sala, atrapando cada rayo de luz como si la tela hubiera sido tejida con fragmentos de una aurora.
Lucía sintió un nudo en la garganta. Ese vestido era… demasiado. No solo por el lujo, sino porque era la prueba perfecta de que en ese mundo, su presencia ya estaba alterando todo.
Respiró hondo, levantó la barbilla y caminó hacia