Lucía se mantuvo rígida en la mesa mientras veía al sirviente de su padre que desaparecía entre la multitud. El corazón le latía tan fuerte que casi podía escucharlo sobre el bullicio de la plaza. Kevin observó su reacción con los labios apretados.
Ella sabía que debía irse.
—Discúlpenme —dijo con una sonrisa tensa—, debo… comprar unas cosas. Es urgente.
Elena abrió los ojos exageradamente.
—¿Ahora? Pero si recién comenzamos a comer.
Lucía se puso de pie sin darle espacio a discutir.
—En serio, debo marcharme —repitió, inclinando ligeramente la cabeza.
Kevin la siguió con la mirada, confundido… o irritado… o algo que él mismo no sabía nombrar.
Eduardo simplemente la observó irse, con los músculos tensos bajo su ropa oscura.
Lucía se alejó con pasos rápidos y respiración contenida.
Necesitaba aire.
Necesitaba pensar.
Y sobre todo, necesitaba terminar ese vestido antes de que la mataran por no cumplir con su única tarea de supervivencia.
La sastrería quedaba al final de la calle, donde