Lucía se mantuvo rígida en la mesa mientras veía al sirviente de su padre que desaparecía entre la multitud. El corazón le latía tan fuerte que casi podía escucharlo sobre el bullicio de la plaza. Kevin observó su reacción con los labios apretados.
Ella sabía que debía irse.
—Discúlpenme —dijo con una sonrisa tensa—, debo… comprar unas cosas. Es urgente.
Elena abrió los ojos exageradamente.
—¿Ahora? Pero si recién comenzamos a comer.
Lucía se puso de pie sin darle espacio a discutir.
—En serio,