Esa noche, el castillo vibraba con un banquete improvisado en honor a la llegada de Elena. Las luces colgantes bañaban el salón en un dorado cálido, los músicos tocaban sin descanso y todos parecían felices de verla…
Excepto quienes realmente le importaba.
Entre aplausos y sonrisas educadas, Elena se deslizó hacia los jardines internos, buscando aire. La luna iluminaba las fuentes y las flores abiertas, pero ella solo vio una figura en el centro del camino.
Eduardo.
Sereno. Elegante. Intocable.
El corazón de Elena dio un vuelco tan fuerte que casi le dolió.
—Eduardo… —susurró, como quien pronuncia una plegaria.
Él se giró. Sus ojos se abrieron apenas un segundo, pero su postura fue rígida, militar.
—Su alteza —respondió con una inclinación fría.
Elena frunció un poco el ceño.
—¿Por qué tan formal? —preguntó, acercándose—. No cuando crecimos juntos… No cuando me conoces mejor que nadie.
Por un instante, ella buscó en su rostro algún rastro del niño que le regalaba flores, del adolescen