Esa noche, el castillo vibraba con un banquete improvisado en honor a la llegada de Elena. Las luces colgantes bañaban el salón en un dorado cálido, los músicos tocaban sin descanso y todos parecían felices de verla…
Excepto quienes realmente le importaba.
Entre aplausos y sonrisas educadas, Elena se deslizó hacia los jardines internos, buscando aire. La luna iluminaba las fuentes y las flores abiertas, pero ella solo vio una figura en el centro del camino.
Eduardo.
Sereno. Elegante. Intocable.