Se encontraba Facundo en una de sus promotoras. La oficina era amplia y lujosa, aunque sin ostentación excesiva. Las paredes estaban cubiertas de madera oscura, un gran ventanal dejaba ver la ciudad iluminada, y en un aparador descansaban botellas de whisky añejo, cada una cuidadosamente seleccionada. En el centro, un escritorio de caoba pulida y dos sillones de cuero. Allí esperaba Facundo, con la chaqueta colgada en el respaldo y la corbata floja, como un hombre que tenía todo el tiempo del m