El timbre del departamento sonó a media mañana. Clara, que acomodaba una bandeja con caldo y té para Mateo, frunció el ceño, sorprendida. Rara vez recibían visitas en esos días de reposo. Al abrir la puerta, se encontró con tres colegas del bufete: Laura, la ingeniera de voz suave; Gustavo, el joven arquitecto de gafas gruesas; y Camilo, uno de los ingenieros más veteranos y amigo cercano de Mateo.
En las manos de Laura había un ramo imponente de flores frescas: lirios blancos, rosas amarillas