Mateo estaba recostado en el sofá, con un semblante mucho más recuperado que días atrás. Su rostro aún mostraba las huellas de la fiebre y el cansancio, pero la sombra de la muerte que lo había rondado parecía haberse disipado. Ahora podía detenerse a mirar a Clara con calma, y lo que veía le resultaba tan sorprendente como cautivador.
Ella se movía por la sala con una seguridad distinta. Sus uñas impecablemente pintadas, un vestido ligero que resaltaba sus curvas, y un rostro que brillaba con