Después del enfrentamiento y la suspensión, Clara no volvió a casa. Con el rostro aún ardiendo por la rabia y el corazón hecho pedazos, tomó un taxi y se registró en un hotel discreto en las afueras de la ciudad.
Encendió el celular varias veces, solo para ver el nombre de Mateo parpadear en la pantalla. Decenas de llamadas perdidas, mensajes de voz, notificaciones que no quiso escuchar. Lo apagó y se dejó caer en la cama con los ojos abiertos, sin lágrimas, demasiado cansada para llorar.
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