El eco de los pasos de Facundo alejándose se fue apagando en la noche, dejando tras de sí un silencio pesado. Clara apenas podía respirar. El cuerpo le temblaba entero, como si las fuerzas la hubieran abandonado.
Mateo se acercó despacio, sin brusquedad, como quien se aproxima a un ave herida.
—Clara… —dijo en voz baja—, ya pasó. Estoy aquí.
Ella lo miró con lágrimas contenidas, pero esta vez no se reprimió. Corrió hacia él y se aferró a su pecho. Mateo la rodeó con los brazos, sintiendo cóm