Facundo apretaba la mandíbula, con los ojos encendidos de furia. Todavía tenía la marca roja de la bofetada de Clara en la mejilla. Mateo avanzó con pasos firmes, el rostro endurecido, los puños tensos a los costados.
—Te dije que la soltaras —repitió con voz grave, cada palabra como un golpe contenido.
Facundo esbozó una sonrisa torcida, esa misma que usaba para desarmar a cualquiera.
—¿Y tú quién te crees? ¿El salvador? Clara es mía, siempre lo ha sido.
Mateo se plantó frente a él, sin ap