La casa donde se alojaban en Ucrania era amplia y fría, de muros gruesos y ventanas que parecían diseñadas para resistir inviernos interminables. Aunque los radiadores estaban encendidos, había algo en el ambiente que recordaba la dureza de la tierra donde Mateo había crecido. La madera crujía con cada paso y el viento se colaba entre los marcos de las ventanas, produciendo un silbido constante que a Clara le resultaba a la vez inquietante y melancólico.
Mateo cerró la puerta tras ellos con u