La clínica de Armuelles había comenzado a volverse una rutina monótona. Cuarenta días de paredes blancas, revisiones constantes y medicamentos administrados con precisión matemática. Facundo, que siempre había odiado la rutina, ahora se veía obligado a respetarla. Por fuera lucía mucho mejor: los hematomas habían cedido, la hinchazón del rostro ya no era más que una sombra, y las costillas, aunque todavía doloridas, permitían que pudiera sentarse y moverse con relativa independencia.
Pero por