La habitación estaba en penumbras, apenas iluminada por la lámpara de mesa que lanzaba un halo cálido sobre el rostro demacrado de Facundo. Sus costillas aún le dolían, la clavícula rota le pesaba como hierro incrustado, pero sus ojos ardían con esa chispa altiva que lo hacía parecer invencible incluso cuando la muerte lo rondaba. Valeria abrió la puerta con la misma calma con que había salido minutos antes. No dijo nada al principio; simplemente lo observó. Su cabello negro liso le caía sobre