Valeria giró sobre sus talones con brusquedad, incapaz de seguir mirándolo sin sentir que algo dentro de ella se desgarraba. Le dio la espalda, los brazos cruzados con rigidez, como si así pudiera contener el torbellino que le ardía en el pecho. Su respiración estaba alterada, entrecortada, y él lo notó al instante. Facundo entrecerró los ojos, fijándose en el modo en que sus hombros subían y bajaban, tensos, como si cada inhalación fuera un combate.
Por un momento, el silencio se volvió tan e