El médico llegó al amanecer, el aliento formando pequeñas nubes en el aire frío de la cabaña. Era un hombre de manos grandes y gesto imperturbable, de esos profesionales acostumbrados a ver el daño y no sorprenderse. Valeria lo recibió en la puerta, explicó brevemente la situación y lo llevó hasta la cama donde Facundo dormitaba entre espasmos y sudores.
—Hace cinco días que delira —dijo ella sin filtros, apuntando con la barbilla—. Habla como si no estuviera aquí, no quiere comer, y ahora ll