La cabaña olía a humedad y a medicinas improvisadas. El fuego de la chimenea crepitaba apenas, suficiente para borrar el frío de la madrugada. Sobre la cama improvisada donde Facundo se retorcía entre sábanas empapadas de sudor. La fiebre le hacía hablar en susurros incoherentes, y cada tanto, un quejido ahogado rompía la quietud del lugar.
Valeria, sentada en una silla junto a él, lo observaba con gesto tenso. Llevaba días velando ese cuerpo abatido, cambiando vendajes, humedeciendo paños pa