La cabaña estaba sumida en un silencio extraño, roto apenas por la respiración entrecortada de Facundo. El fuego de la chimenea ya se había apagado, y Valeria, cansada, se sentó en la silla de siempre, con los brazos cruzados. El amanecer avanzaba lento, pintando de gris los troncos húmedos que se veían por la ventana.
Un ruido de motor rompió aquella calma. Un vehículo se detuvo en el claro, y poco después, unos pasos firmes y seguros se escucharon acercarse a la puerta. Valeria no se movió