El ambiente en la habitación de la clínica todavía ardía con la tensión del enfrentamiento. Alejandro, detenido por los hombres del tío Mykola, temblaba de rabia y dolor. Mateo, con la nariz sangrante y los puños cerrados, lo miraba en silencio, conteniendo la furia que le hervía por dentro. Clara, en la cama, respiraba agitadamente, con los ojos abiertos de par en par. Su voz había pedido calma, pero nadie la había escuchado.
Hasta ahora.
Clara reunió fuerzas, se incorporó despacio, y alzó