La sala de espera estaba casi vacía. El reloj marcaba las dos de la madrugada y el hospital parecía contener la respiración en cada pasillo. Afuera, las luces de la ciudad se colaban por los ventanales, frías e indiferentes.
Mateo se dejó caer en una silla, con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas. Llevaba días sin dormir bien, y sus ojos enrojecidos lo delataban. Ernesto, que lo había seguido tras salir de la habitación de Clara, se sentó frente a él.
Durante unos segundos