Mateo salió unos minutos de la habitación, con el celular en la mano. Sabía que debía hacer esa llamada: doña Zulema merecía saber cómo estaba su hija. Marcó el número y esperó.
—¿Mateo? —contestó la señora, con la voz cargada de angustia—. ¿Qué noticias tienes?
Él tragó saliva. —Señora Zulema… ya la tenemos con nosotros. Hace tres noches logramos rescatarla.
Hubo un sollozo inmediato al otro lado de la línea. —¿Mi hija? ¡Dime que está viva!
—Está viva, señora. Está en la clínica Santa