El motel estaba en las afueras de la ciudad, escondido entre carreteras secundarias y maleza descuidada. Era un lugar donde nadie preguntaba nada, donde el silencio era parte del servicio. Clara lo sabía desde la primera noche: allí nadie vendría a rescatarla por casualidad.
El cuarto en el que la tenía era un espacio de paredes amarillentas, descascaradas por la humedad, con una única ventana tapada con tablones que apenas dejaban colar un hilo de luz sucia. El aire olía a encierro, a polvo y