La sala de juntas principal estaba colmada de energía contenida. Las luces cálidas iluminaban la mesa central, donde reposaban maquetas, tablets y carpetas llenas de cálculos. El aire olía a café recién preparado, a papel recién impreso y a tensión profesional. Cada grupo había expuesto con rigor, y aunque Raúl y Ernesto insistían en que “aquí nadie compite, todos somos engranajes”, la naturaleza humana imponía otra verdad: cada equipo quería dejar huella, mostrar que su visión podía sostener e