Gabriela llegó puntual, a las ocho de la mañana, con un café en una mano, su computadora portátil colgando del hombro y una carpeta gruesa repleta de planes de trabajo bajo el brazo vendado. El aire fresco de la montaña le erizó la piel, pero no de frío, sino de emoción.
Era la primera vez en mucho tiempo que sentía algo parecido a ilusión. No se había sentido así desde… desde que su hijo falleció.
La ausencia de Adrián durante esa última semana había sido un alivio silencioso, aunque en el fo