Gabriela salió de la reunión con el rostro endurecido, la furia latiéndole en cada vena. El aire frío de la montaña no lograba enfriar el incendio que le ardía en el pecho. No iba a permitir que Adrián, con sus artimañas y su ego desmedido, arruinara el proyecto que representaba esperanza para tantas familias.
Ese negocio no solo era suyo, ni de la familia De la Vega, era de todo un pueblo que aguardaba una oportunidad de trabajo y dignidad.
Con pasos apresurados se dirigió a su auto. Abrió la