Gabriela sintió que el mundo se le encogía alrededor.
—No… —susurró—. No… no puede ser.
Lucía asintió, con ojos tristes.
—Estaba muy destruida. Había hemorragia interna. Los médicos dijeron que si no lo hacían, la perdía.
Gabriela cerró los ojos con fuerza. La imagen del túnel volvió en golpe seco: la roca, la sangre, los gritos de Elvira.
—Yo… —la voz se le quebró—. Yo la saqué de ahí. Si hubiera sido más rápida… si hubiera…
—No —Lucía la interrumpió con firmeza—. Si no fuera por ti, estaría muerta.
Lo que pasó no es tu culpa, Gaby.
Gabriela apretó las sábanas entre los dedos.
—¿Puedo verla? —preguntó—. ¿Sabe ya lo que pasó?
—Todavía no —respondió Lucía—. Sigue sedada. Los médicos querían hablar primero con Damián.
Justo en ese momento, la puerta se abrió.
Damián entró.
Lucía dio un paso atrás al verlo. Él lucía devastado: ojeras marcadas, cabello revuelto, la camisa manchada del polvo de la mina, como si aún no hubiera tenido tiempo de cambiarse.
Cuando vio a Gabriela despierta, su