El mundo era polvo.
Polvo en los ojos, en la boca, en los pulmones.
Polvo mezclado con el sabor metálico de la sangre.
Gabriela tosió, sintiendo cómo el pecho le ardía. Intentó incorporarse, pero un dolor le atravesó la espalda como un rayo.
Por un segundo, no recordó dónde estaba.
Solo veía sombras, piedras, oscuridad.
Entonces lo escuchó.
—¡Ayuda…!
Una voz rasposa, quebrada por el dolor.
Una voz que jamás habría esperado querer escuchar viva: doña Elvira.
—¡Ayuda! —repitió la voz, esta vez más clara—. No… no puedo moverme.
El instinto fue más rápido que el resentimiento.
Gabriela se arrastró primero, luego se obligó a ponerse de pie. El casco le colgaba chueco, tenía una ceja rota y sentía la piel arder en varias partes del cuerpo. El túnel estaba a medio derrumbarse: paredes agrietadas, vigas medio vencidas y piedras por todos lados.
—¡Doña Elvira! —gritó, sujetándose de una viga.
—¡Aquí! —la voz sonó ahogada, a unos metros—. ¡No… no puedo…!
Gabriela giró una esquina y la vio.