El mundo era polvo.
Polvo en los ojos, en la boca, en los pulmones.
Polvo mezclado con el sabor metálico de la sangre.
Gabriela tosió, sintiendo cómo el pecho le ardía. Intentó incorporarse, pero un dolor le atravesó la espalda como un rayo.
Por un segundo, no recordó dónde estaba.
Solo veía sombras, piedras, oscuridad.
Entonces lo escuchó.
—¡Ayuda…!
Una voz rasposa, quebrada por el dolor.
Una voz que jamás habría esperado querer escuchar viva: doña Elvira.
—¡Ayuda! —repitió la voz, esta ve