Cuando el miedo muestra lo que el corazón calló demasiado tiempo.
La mañana transcurría como una cadena de segundos interminables.
Gabriela llevaba horas encerrada en su oficina.
Los informes estaban regados sobre el escritorio, pero ella no veía letras… veía sombras.
La sombra de Adrián.
La sombra de Clara Sandoval.
La sombra del expediente con el nombre de Luis De La Vega.
Intentaba concentrarse, pero cada vez que levantaba la vista, su reflejo en la ventana le recordaba que su vida entera estaba en llamas.
Respiró hondo, se frotó las sienes e intentó escribir el informe de seguridad de la veta sur.
Le temblaba el pulso.
—Concéntrate, Gabriela… —susurró.
Pero entonces, un estruendo la sacudió desde la planta baja.
Un temblor.
Un grito.
Un estrépito que hizo que las paredes vibraran.
Después, una alarma.
La alarma de explosión.
Gabriela saltó de su asiento.
—¡No… no, no…! —corrió por el pasillo—. ¡¿Qué pasó?!
Trabajadores venían corriendo hacia la salida, entre polvo, sangre y gritos