Damián estacionó el auto con brusquedad y bajó sin esperar a que el motor se apagara.
Gabriela lo siguió, aún confundida
—¿Qué pasó exactamente? —preguntó ella, mientras caminaban por el pasillo.
—Dicen que Ángeles intentó… hacerse daño —respondió él, con la voz tensa—.
Gabriela se detuvo en seco.
—¿Qué?
—Francisco la encontró. Pero los médicos dijeron que está fuera de peligro.
En la sala de espera, Doña Elvira ya estaba allí, impecable, con un pañuelo de seda en el cuello y el gesto cuidadosamente preocupado.
—Gracias a Dios ya están aquí —dijo, fingiendo alivio.
El médico salió en ese instante, sosteniendo una carpeta.
—La paciente está estable. Puede recibir visitas, pero solo dos personas por vez.
Damián asintió.
—Vamos. —Miró a su madre.
Entraron juntos a la habitación.
El ambiente era frío, cargado de un silencio tenso.
Ángeles yacía en la cama, con un vendaje en las muñecas y los ojos entreabiertos.
Parecía frágil, pero sus lágrimas brillaban demasiado bien colocad