Gabriela llegó a la casa De La Vega, con el corazón acelerado.
Después del encuentro con Adrián, tenía un mal sabor de boca que ni el aire fresco podía borrar.
El recuerdo de su mirada furiosa aún le erizaba la piel.
Sabía que no sería la última vez que intentaría acercarse, y ese pensamiento le revolvía el estómago.
Cuando llegó a la casa De La Vega, el silencio fue lo primero que notó.
No se escuchaban pasos, ni voces, ni siquiera el murmullo de la televisión.
Todo estaba quieto, demasiado quieto.
—¿Damián? ¿Nico? —preguntó en voz baja.
Nada.
Solo el eco de su propia voz.
Suspiró, dejó las llaves sobre la mesa del vestíbulo y subió las escaleras con cuidado.
Justo cuando iba a entrar a su habitación, su teléfono vibró.
—¿Lucía? —respondió, aliviada.
—¡Gaby! Menos mal. Necesito con urgencia los planos de la nueva excavación. Los mineros quieren revisarlos hoy.
—Los tengo en mi computadora —dijo Gabriela—, dame unos minutos y te los envío.
Fue a su habitación y encendió el po