—¡Gabriela!
Una llamarada iluminó el cielo y el mundo se detuvo.
Damián apenas alcanzó a ver cómo Gabriela era lanzada hacia atrás por la explosión.
El aire se llenó de polvo, humo y fuego.
El corazón se le salió del pecho.
—¡Gabriela! —gritó, corriendo hacia la casa envuelta en llamas.
El calor le golpeó el rostro, pero no se detuvo.
La encontró tirada en el suelo, inconsciente, con el cabello revuelto y el rostro cubierto de hollín.
La levantó en brazos y la alejó de los restos ardiendo, mien