El sol apenas se filtraba entre las cortinas cuando Damián entró a la mansión De La Vega.
Había pasado la noche en vela, cuidando por Gabriela. Estaba muy borracha, pero no podía olvidar sus palabras.
“Mí error Favorito”
Y el beso.
El beso con Gabriela aún lo perseguía.
Cada vez que cerraba los ojos, podía sentirla temblar entre sus brazos.
Cansado, dejó las llaves sobre la mesa del vestíbulo y subió las escaleras.
Al abrir la puerta de su habitación, el aire se le heló en los pulmones.
Ángeles estaba allí.
En su cama.
Envuelta en una bata de seda blanca, hojeando una revista con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—Buenos días, amor —dijo con voz azucarada.
Damián apretó la mandíbula.
—¿Qué haces en mi habitación, Ángeles?
Ella se encogió de hombros, dejando la revista a un lado.
—Pensé que ya era momento de acostumbrarme al lugar donde pronto viviré. —Su tono era tan dulce que dolía.
—Sal de aquí —ordenó él, sin rodeos.
—¿De aquí o de tu vida? —preguntó, alzando una ceja—.