El camino hasta la casa De La Vega fue silencioso.
El auto avanzaba despacio entre los pinos del camino privado, mientras Gabriela observaba el paisaje con una mezcla de asombro y temor.
El corazón le latía rápido; todavía no se acostumbraba a la idea de vivir bajo el mismo techo que Damián… y su madre.
—¿Estás bien? —preguntó él, sin apartar la vista del camino.
Gabriela respiró hondo.
—Solo un poco nerviosa. No quería causarte molestias.
—No son molestias, Gaby —respondió él con suavidad—