El camino hasta la casa De La Vega fue silencioso.
El auto avanzaba despacio entre los pinos del camino privado, mientras Gabriela observaba el paisaje con una mezcla de asombro y temor.
El corazón le latía rápido; todavía no se acostumbraba a la idea de vivir bajo el mismo techo que Damián… y su madre.
—¿Estás bien? —preguntó él, sin apartar la vista del camino.
Gabriela respiró hondo.
—Solo un poco nerviosa. No quería causarte molestias.
—No son molestias, Gaby —respondió él con suavidad—. Quiero que estés aquí.
Ella bajó la mirada, disimulando la incomodidad. Todavía llevaba vendas en las manos por las quemaduras; cada movimiento le recordaba la noche de la explosión.
El auto se detuvo frente al portón principal, y Damián bajó enseguida para ayudarla a salir.
Apenas puso un pie fuera, un grito infantil rompió el aire.
—¡Gaby!
Nico salió corriendo desde el jardín con una sonrisa enorme y se lanzó a abrazarla con fuerza, cuidando de no lastimarla.
—¡Sabía que ibas a venir a vi