El brillo del anillo cegó por un instante a Gabriela.
El diamante en la mano de Ángeles reflejaba la luz del techo y, con ella, el eco de algo que se rompía dentro de su pecho.
El silencio en la oficina era tan denso que podía escucharse el zumbido de la electricidad.
Damián se levantó de golpe, visiblemente incómodo.
—¿Qué haces aquí, Ángeles? —preguntó con tono tenso.
Ella sonrió con naturalidad, ignorando su incomodidad.
—Vine a verte, cariño. Y, de paso, a conocer la famosa mina de la qu