El brillo del anillo cegó por un instante a Gabriela.
El diamante en la mano de Ángeles reflejaba la luz del techo y, con ella, el eco de algo que se rompía dentro de su pecho.
El silencio en la oficina era tan denso que podía escucharse el zumbido de la electricidad.
Damián se levantó de golpe, visiblemente incómodo.
—¿Qué haces aquí, Ángeles? —preguntó con tono tenso.
Ella sonrió con naturalidad, ignorando su incomodidad.
—Vine a verte, cariño. Y, de paso, a conocer la famosa mina de la que tanto hablas.
Gabriela apretó los labios.
Sentía el corazón latirle con fuerza, pero su rostro permanecía sereno.
Se forzó a sonreír.
—Les deseo muchas felicidades por su compromiso —dijo con voz firme, aunque por dentro todo ardía—. Pero debo disculparme, tengo asuntos pendientes.
Justo en ese momento, Lucía apareció en la puerta, como enviada por el destino.
—Gabriela, la alcaldesa te está buscando —informó, lanzando una mirada curiosa hacia la pareja.
—Gracias, Lucía —respondió Gabriela