Gabriela apagó el motor y estacionó frente a su casa.
Bajó del auto y rodeó el vehículo para abrir la puerta del copiloto.
—Vamos, Francisco, apóyate en mí —le dijo con suavidad.
Él obedeció con una sonrisa débil. Aún se notaba pálido, pero agradecido.
—No sé cómo agradecerle, jefa… —murmuró, mientras ella lo ayudaba a subir los escalones.
—No tienes que hacerlo. Lo importante es que descanses —respondió Gabriela, con esa calidez que la caracterizaba.
Apenas entraron, un segundo auto se estaci