—¡Te odio! ¡Te odio!
Gabriela caminaba de un lado a otro dentro de su oficina.
Tenía las manos temblorosas y el corazón acelerado.
Aún sentía en los labios el asqueroso roce del beso que Adrián le había robado.
El asco le subía por la garganta, como si aquel contacto hubiera dejado una huella imposible de borrar.
Buscó un pañuelo en el escritorio y se limpió una y otra vez la boca, con furia, hasta que la piel se enrojeció.
—Qué repugnante eres, Adrián… —murmuró, conteniendo las lágrimas.
No quería que nadie la viera así, vulnerable, pero justo entonces la puerta se abrió sin aviso.
—¿Se puede saber qué fue lo que pasó aquí? —preguntó Doña Elvira, entrando con su bastón en una mano y el ceño fruncido. Detrás de ella, Damián intentaba seguirle el paso.
Gabriela disimuló su nerviosismo, respiró profundo y trató de recomponerse.
—Nada, señora Elvira. Todo está bajo control.
—Acabo de ver a Adrián saliendo de la mina —replicó la mujer, golpeando el suelo con el bastón—. Quiero una ex