—¡Te odio! ¡Te odio!
Gabriela caminaba de un lado a otro dentro de su oficina.
Tenía las manos temblorosas y el corazón acelerado.
Aún sentía en los labios el asqueroso roce del beso que Adrián le había robado.
El asco le subía por la garganta, como si aquel contacto hubiera dejado una huella imposible de borrar.
Buscó un pañuelo en el escritorio y se limpió una y otra vez la boca, con furia, hasta que la piel se enrojeció.
—Qué repugnante eres, Adrián… —murmuró, conteniendo las lágrimas.
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