El sonido metálico de los cascos y herramientas resonaba en el aire. La mañana apenas comenzaba en la mina, y Gabriela caminaba entre el polvo y el ruido con una energía renovada.
Lucía, su amiga y compañera de confianza, la observó mientras ella revisaba los informes y daba indicaciones al grupo.
—Debo decirte algo —comentó Lucía, apoyándose en la puerta de la oficina—. Hoy te ves… distinta.
Gabriela levantó la mirada con curiosidad.
—¿Distinta?
Lucía sonrió con picardía.
—Sí. Más hermosa, con